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  • POEMAS DE ANA CRISTINA CESAR. SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

    POEMAS DE ANA CRISTINA CESAR. Selección y traducción de José Carlos De Nóbrega

    ANA CRISTINA CESAR

    CÓMO AFEITAR EL PAISAJE

    La fotografía
    es un tiempo muerto
    ficticio regreso a la simetría

    secreto deseo del poema
    censura imposible
    del poeta

    Miro mucho tiempo el cuerpo de un poema
    hasta perder de vista lo que no sea cuerpo
    y sentir separado entre los dientes
    un cordoncillo de sangre
    en las encías

    FISONOMÃA

    No es mentira
    es otro
    el dolor que duele
    en mí
    es un proyecto
    de paseo
    en círculo
    un fracaso
    del objeto
    en foco
    la intensidad
    de luz
    de la tarde
    en el jardín
    es otro
    otro el dolor que duele

    Hubo un poema
    que guiaba su propia ambulancia
    y decía: no recuerdo
    ningún cielo que me consuele,
    ninguno,
    y salía,
    sirenas bajas,
    coleccionando los restos de las conversaciones,
    de las señoras,
    “para que nada se pierda
    o se olvideâ€,
    proverbial,
    aunque herido,
    hubo un poema
    ambulante,
    cruz roja
    sonámbula
    que huyó
    y se fue
    inolvidable,
    irremediable,
    criba abajo.

    Sin ti mi bien soy lago, montaña.
    Pienso en un hombre llamado Heberto.
    Me acuesto a fumar bajo la ventana.
    Respiro con vértigo. Ruedo en el colchón.
    Y sin bravuconería, corazón, subo el precio.

    Allá donde me cruzo con la modernidad, y mi pensamiento atraviesa como un rayo, la piedra en el camino es el tiempo que arrojas del campo.

    Ahora, de inmediato, es aquí que empieza la primera señal del peso del cuerpo que sube. Aquí cambio de mano y empiezo a ordenar el caos.

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  • POEMAS DE CECÃLIA MEIRELES. SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

    POEMAS DE CECILIA MEIRELES. Selección y traducción de José Carlos De Nóbrega

    CECÃLIA MEIRELES

    CANCIÓN

    Puse mi sueño en un navío
    y el navío encima del mar;
    - después, abrí el mar con las manos,
    para mi sueño naufragar.

    Mis manos aún están mojadas
    del azul de las olas entreabiertas,
    y el color que escurre de mis dedos
    pinta las arenas desiertas.

    El viento viene viendo a lo lejos,
    la noche se curva de frío;
    debajo del agua va muriendo
    mi sueño, dentro de un navío...

    Lloraré cuanto sea preciso,
    para hacer que el mar crezca,
    y mi navío llegue al fondo
    y mi sueño desaparezca.

    Después, todo estará perfecto:
    playa lisa, aguas ordenadas,
    mis ojos secos como piedras
    y mis dos manos quebradas.

    MAR ABSOLUTO

    Fue desde siempre el mar.
    Y multitudes del pasado me empujaban
    como el barco olvidado.

    Ahora recuerdo que hablaban
    de la revuelta de los vientos,
    de linos, de cuerdas, de hierros,
    de sirenas dadas a la costa.

    Y el rostro de mis abuelos estaba caído
    por los mares de Oriente, con sus corales y perlas,
    y por los mares del Norte, duros de hielo.
    Entonces, es conmigo que hablan,
    Soy yo que debo ir.
    Porque no hay más nadie,
    no, no habrá más nadie,
    Tan decidido a amar y a obedecer a sus muertos.

    Y tengo que buscar a mis remotos tíos ahogados.
    Tengo que llevarles redes de rezos,
    campos convertidos en velas,
    barcas sobrenaturales
    con peces mensajeros
    y santos naúticos.

    Y quedo tonta,
    despierta de repente en las playas tumultuosas.

    Y me apresan, y no me dejan siquiera mirar la rosa de los vientos.
    “¡Para adelante! ¡Por el inmenso mar!
    ¡Liberando el cuerpo de la lección de la arena!
    ¡Al mar! - ¡Disciplina humana para la empresa de la vida!â€

    Mi sangre se entiende con esas voces poderosas.
    La solidez de la tierra, monótona,
    nos parece flaca ilusión.
    Queremos la gran ilusión del mar,
    multiplicada en sus mallas de peligro.
    Queremos su solidez robusta,
    una solidez para todos los lados,
    una ausencia humana que se opone al mezquino bullir del mundo,
    y hace el tiempo enterizo, libre de las luchas de cada día.

    El aliento heroico del mar tiene su polo secreto,
    que los hombres sienten, seducidos y medrosos.

    El mar es sólo el mar, desprovisto de apegos,
    matándose y recuperándose,
    corriendo como un toro azul por su propia sombra,
    y arremetiendo con bravura contra nadie,
    y siendo después la pura sombra de sí mismo,
    por sí mismo vencido. Es su gran ejercicio.

    No necesita del destino fijo de la tierra,
    él que, al mismo tiempo,
    es el bailarín y su danza.

    Tiene un reino de metamorfosis, para la experiencia:
    su cuerpo es su propio juego,
    y su eternidad lúdica
    no apenas gratuita: mas perfecta.

    Baraja sus altos contrastes:
    caballo épico, anémona suave,
    se entrega todo, desprecia todo,
    sustenta en su prodigioso ritmo
    jardines, estrellas, colas, antenas, ojos,
    mas es deshojado, ciego, desnudo, dueño apenas de sí,
    de su contundente grandeza despojada.

    No se olvida que es agua, al desdoblar sus visiones:
    agua de todas las posibilidades,
    mas sin ninguna franqueza.

    Y así como agua me habla.
    Me arroja caracoles, como remembranza de su voz,
    y estrellas erizadas como convite a mi destino.
    No me llama para que siga encima de él,
    ni por dentro de sí:
    mas para que me convierta en él mismo. Es su máximo don.

    No me quiere arrastrar como mis tíos otrora,
    ni lentamente conducida,
    como mis abuelos, de serenos ojos certeros.

    Me acepta apenas convertida en su naturaleza:
    plástica, fluida, disponible,
    igual a él, en constante soliloquio,
    sin exigencias de principio y fin,
    desprendida de tierra y cielo.

    Y yo, que viera cautelosa,
    por buscar gente en el pasado,
    sospecho que me engañé,
    que hay otras órdenes, que no fueran bien oídas;
    que otra boca hablaba: no solamente la de antiguos muertos,
    y el mar a que me mandan no es apenas este mar.

    No es apenas este mar que retumba en mis vitrales,
    mas otro, que se parece a él
    como se parecen los bultos de los sueños dormidos.
    Y entre agua y estrella estudio la soledad.
    Y recuerdo mi herencia de cuerdas y áncoras,
    y encuentro todo sobrehumano.
    Y este mar visible levanta para mí
    una cara espantosa.

    Y se retrae, al decirme lo que preciso.
    Y es luego una pequeña concha hirviente,
    mancha líquida e inestable,
    célula azul sumiéndose
    en el reino de otro mar:
    ¡ah! Del Mar Absoluto.

    SOLOMBRA

    Las palabras están con sus pulsos inmóviles.
    Caminaría la muerte – y siempre el mismo peso
    y la misma sombra cerrarían mis peticiones.

    Mas la sangre del amor tiene sueños y silencios,
    sabe de lo que aparece apenas porque pasa:
    espera sin temer que el universo se explique.

    Te mando un sonido de vida, en mis ríos de espanto,
    solitaria de mí, repentina exiliada,
    con los enigmas ardiendo entre inconstantes ondas.

    Nada somos. No en tanto, hay una fuerza que prende
    el instante de mi alma a los instantes de la tierra,
    como si los mundos dependiesen de ese encuentro,

    de esos preludios sobresaltados.

    Tomo en los ojos delicadamente
    esta noche – jardín de puro tiempo
    con ramos de silencio uniendo los mundos.

    Todo cuando quisiese aquí se encuentra:
    en los arroyos de estrellas – por los bosques
    donde hay risas (¿y próximos sollozos?).

    Siento perfume y rocío – imágenes tenues
    que inventa la soledad, para hacerse
    de repente saudade. Y veo en todo

    esas cansadas lágrimas antiguas,
    esas largas historias sucesivas
    con sus cunas y guerras - ¿glorias? – túmulos.

    Recojo la noche en mis párpados.

    Posted by SALMOS COMPULSIVOS at 7:27 AM 0 comments

  • POEMAS DE VINICIUS DE MORAES. SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

    POEMAS DE VINICIUS DE MORAES. Selección y traducción de José Carlos De Nóbrega

    VINICIUS DE MORAES

    POÉTICA

    En la mañana oscurezco
    En el día tardo
    En la tarde anochezco
    En la noche ardo

    Al oeste la muerte
    Contra quien vivo
    Del sur cautivo
    El este es mi norte.

    Otros que contienen
    Paso por paso:
    Yo muero ayer

    Nazco mañana
    Ando donde hay espacio
    - Mi tiempo es cuando.

    PATRIA MÃA

    Mi patria es como si no fuese, es íntima
    Dulzura y voluntad de llorar; un niño durmiendo
    Es mi patria. Por eso, en el exilio
    Ayudando a dormir a mi hijo
    Lloro de saudades de mi patria.
    Si me preguntaran qué es mi patria, diré:
    No sé. De hecho, no sé
    Cómo, por qué y cuándo mi patria
    Mas sé que mi patria es la luz, la sal y el agua
    Que elaboran y derriten mi amargura
    En largas lágrimas agrias.

    Voluntad de besar los ojos de mi patria
    De dormirla, de pasarle la mano por los cabellos...
    Voluntad de mudar los colores de las ropas (¡auriverde!) tan feas
    De mi patria, de mi patria sin zapatos
    Y sin medias, patria mía
    ¡Tan pobrecita!

    Porque te amo tanto patria mía, yo que no tengo
    Patria, yo simiente que nací del viento
    Yo que no voy y no vengo, yo que permanezco
    En contacto con el dolor del tiempo, yo elemento
    De unión entre la acción y el pensamiento
    Yo hilo invisible en el espacio de todo el adiós
    ¡Yo, sin Dios!

    Te tengo, no en tanto, en mí como un gemido
    De flor; te tengo como un amor muerto
    A quien se juró; te tengo como una fe
    Sin dogma, te tengo en todo lo que no me siento apto.
    En esta sala extranjera con lar
    Y sin pie directo.

    Ah, patria mía, recuérdame una noche en Maine, Nueva Inglaterra
    Cuando todo pasó a ser infinito y nada tierra
    Y yo vi que alfa y beta de Centauro escalarán el monte hasta el cielo
    Muchos me sorprenderán parado en el campo sin luz
    La espera de ver surgir la Cruz del Sur
    Que yo sabía, mas amaneció...

    Fuente de miel, bicho triste, patria mía
    Amada, idolatrada, ¡salve, salve!
    Qué más dulce esperanza encadenada
    El no poder decirte: aguarda...
    ¡No tardo!

    Quiero revisitarte, patria mía, y para
    Revisitarte me olvidé de todo
    Estuve ciego, estropeado, sordo, mudo
    Vi mi humilde muerte cara a cara
    Rasgué poemas, mujeres, horizontes
    Quedaron simples, sin fuentes.

    Patria mía... Mi patria no es florón, ni ostenta
    Pendón no; mi patria es desolación
    De caminos, mi patria es tierra sedienta
    Es playa blanca; mi patria es el gran río secular
    Que bebe nube, come tierra
    Y orina mar.
    Más de la que más gallarda mi patria tiene
    Una fiebre, un querer bien, un bien
    Un libertas quae sera tamen
    Que un día traduje en un examen escrito:
    “Libertad que serás tambiénâ€
    ¡Y repito!

    Pongo en el viento el olvido y escucho la brisa
    Que brinca en tus cabellos y te alisa
    Patria mía, y perfuma tu suelo...
    Qué voluntad me ven al adormecerme
    Entre tus dulces montes, patria mía
    Atento al hambre en tus entrañas
    Y al batuque en tu corazón.

    No te diré el nombre, patria mía
    Tu nombre es patria amada, es patriecita
    No rima con madre gentil
    Vives en mí como una hija, que es
    Una isla de ternura: la Isla
    Brasil, tal vez.

    Ahora llamaré a la amiga cogujada
    Y pediré qué pieza al ruiseñor de día
    Qué pieza al sabiá
    Para llevarte presto este avigrama:
    “Patria mía, saudades de quien te ama...
    Vinicius de Moraes.â€

    BALADA DE LOS MUERTOS DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

    ¡Cadáveres de Nordhausen
    Erla, Belsen y Buchenwald!
    Huecos, flácidos cadáveres
    Como espantos, abandonados
    En la sementera espectral
    De los yermos campos estériles
    De Buchenwald y Dachau.
    Cadáveres necrosados
    Amontonados en el suelo
    Escuálidos enlazados
    En besos estupefactos
    Como ascetas siderados
    En presencia de la visión.
    Cadáveres putrefactos
    Los magros brazos en cruz
    En sus caras hediondas
    Hay sonrisas de giocondas
    Y en sus cuerpos, la luz
    Que de la tiniebla cria a la aurora.
    Cadáveres fluorescentes
    Desenraizados del polvo
    ¡Qué emoción no me da el veros
    En vuestro éxtasis sin nervios
    En vuestra súplica tan sólo
    Grandes cadáveres góticos!
    Ah, dulces muertos atónitos
    Quebrados a torniquete
    Sus rubias manicuras
    Les arrancarán las uñas
    En el regateo de la tortura
    De la última toalete...
    ¡A vosotros arrojarán la casa
    A vosotros arrojarán el nombre
    Fuisteis marcados a la brasa
    Y os mataron de hambre!
    Vuestras pieles aflojadas
    Sobre los esqueletos me dan
    La impresión de que erais tambores
    - Los instrumentos del Monstruo -
    Desollados a golpes:
    ¡Oh muertos de percusión!
    ¡Cadáveres de Nordhausen
    Erla, Belsen y Buchenwuald!
    Vosotros sois el humus de la tierra
    De donde el árbol de castigo
    Dará madera al patíbulo
    Y de donde los frutos de la paz
    ¡Caerán en el suelo de la guerra!

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  • POEMAS DE MURILO MENDES. SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

    Thursday, December 27, 2007
    POEMAS DE MURILO MENDES. Selección y traducción de José Carlos De Nóbrega

    MURILO MENDES

    VERMEER DE DELFT

    Es la mañana en el vaso:
    Tiempo de descifrar el mapa
    Con sus amarillos y azules
    De abrir las cortinas (el sol frío nace
    En los ladrillos silenciosos),
    De leer una carta perturbadora
    Que veo por la galera de China:
    Hasta que la lección del clavo
    A través de sus cristales
    Restituye la inocencia.

    COSAS

    Cosas, y la muerte que existe en ellas,
    Experiencia de desconsuelo y fatalidad
    Para los párpados que volverán de la mañana:
    Cosas de cristal y de melocotón,
    Vacilaciones de la onda fría del velludo;
    Cosas sin ángulos y sin vértice
    Que en el mismo día nacen y mueren;
    Cosas de la letra, no de la combinación de las letras,
    Mas de la letra en sí;
    Cosas de fuego que se transfieren al aire,
    Cosas del fin que se transfieren al principio,
    Cosas que podrían ser restos de ropajes de ángeles,
    Mas tras bastidores de teatro no se usan.

    Cosas de la unión de ciertos objetos
    Que por separado nada significan para nosotros;
    Cosas del cielo que se encuentran por anticipado,
    La llama de Pentecostés conservada
    Para que el mundo no se entregue al frío,
    Y la medalla con la mirada de mi madre;
    Cosas amadas que se arrojan a la basura
    Y cosas sin valor que divinizamos.
    Las cenizas de todos los días
    Evocadas solamente el miércoles de ceniza:
    Saber que todo este polvo desciende de Dios
    Que en el final de los tiempos
    Probará las cosas por el fuego,
    Todo lo que dejamos en el mundo
    Para experimentar la prueba del fuego:
    Excepto nuestra alma despojada de cosas
    Que palpa en las tinieblas,
    Buscando el arquetipo de donde veo.

    ATMÓSFERA SICILIANA

    Trinacria, tres piernas, triángulo:
    Sola la tierra siciliana
    Percutida por el sol.

    El sexo explota. Presagios
    Respira el dios en las alturas:
    Tantas mujeres de negro
    Velan la propia juventud.

    Ay trabajo, áspera vida
    Para el hombre, caballo del hombre,
    Y áspera para el caballo.

    El templo de augustos signos
    Y de lúcida arquitectura
    Marca la distancia de lo real:

    La tierra ocupando el cielo,
    La forma feroz del Etna
    Y de Stromboli lo domina.

    El centro de la tierra explota
    En cacto, jazmín y azufre.
    Augurios respira el aire,
    El bárbaro mar y sus gongos.
    Trinacria, tres piernas, triángulo.

    SANTA TERESA DE JESÚS

    Teresa, cuerpo de gloria,
    La novela de caballería desde temprano
    Te condujo a la aventura celeste.
    De la dura tierra aprendiste a confrontar
    El arma del toro, la cruz puntiaguda, el grito árabe.

    De las casas fortificadas de Castilla
    Extrajiste la imagen objetiva
    Para fundar tus castillos interiores.
    De la piedra de Ãvila extraes la resistencia.
    El vacío del espacio dilatado de Castilla
    Corresponde al desierto de Dios.

    Teresa, descifras el “misterio†masculino de España.
    Tu íntimo substrato es el fuego:
    Convídate a elidir lo superfluo.

    Viendo oculto Dios desnudo
    - Mineral subyacente de Castilla -
    lo concentraste en un punto mínimo.
    Describes con precisión el itinerario del alma.

    Altas crestas de Ãvila desiertas.
    Alta Teresa de Ãvila, intocada,
    - Rigor y lucidez en la intensidad -
    consigues tornar didáctico el absoluto.

    SAN JUAN DE LA CRUZ

    Vivir organizando el diamante
    (Intuyendo su cara) y escondiéndolo.
    Trátalo con ternura castigada.
    No asimismo en el desierto suspéndelo.

    Mas
    Vivir consumido de su gracia.
    Obedecer ese fuego frío
    Que se resuelve en punto dilatado.
    Vivir: De su silencio aprendiendo.
    No temer su pérdida en noche oscura.

    Y del propio diamante ya olvidado,
    Morir, de su esqueleto vaciado:
    Para venir a ser todo, es preciso ser nada.

    Posted by SALMOS COMPULSIVOS at 7:38 AM 0 comments

  • DIEZ POEMAS OBJETO PARA VALENCIA DE SAN DESIDERIO (Coyuntura: un año 2007 que se murió y un 2008 que ya llegó)

    DIEZ POEMAS OBJETO PARA VALENCIA DE SAN DESIDERIO (Coyuntura: un 2007 que se muere y un 2008 que vendrá)

    1.- Sembrar un gran maizal a lo largo de la Avenida Bolívar como homenaje al ecocida burgomaestre kitsch de la ciudad.

    2.- Crear una línea del Metro en la que los vagones sean tirados por poetas institucionalizados.

    3.- Que Nixon Moreno (con la curaduría de Lunes Rodríguez) proponga a la Asamblea Nacional la Convención de los Heridos del Amor (Paulo Coelho, 2007, Alquimia, revista Todo en Domingo del diario El Nacional, n° 427 del 23/12, p. 54). Ello para beneplácito de Josefina Fierro y David Andrade.

    4.- Constituir un circuito de burdeles que integre al Ateneo de Valencia, la Asamblea Legislativa del Estado Carabobo, la Misión Cultura y la Curia Arzobispal. Las putas son bellas, justas y necesarias; por lo tanto, este ejercicio simula una praxis surrealista y no una malintencionada ni maledicente analogía.

    5.- Velar en capilla ardiente a la críptica intelectualidad postmodernista (Lyotard ataviado de leotardo, por ejemplo), teniendo como plañideras a los DTA de la Universidad de Carabobo (para descifrar las siglas, preguntar por Faver Páez o en su defecto por el poeta Burgos).

    6.- A falta de política editorial en la ciudad, invertir cuatro millardos para reunir en una Gira Terrorífica a Paul Gilman y Arcángel (con todo y misa negra en honor a Hermann Goering).

    7.- Crear el Salón de Arte Escatológico Alfredo Fermín bajo el auspicio de la más rancia Valencianidad.

    8.- Atribuir la Gastronomía de la Miseria a Alejandro Oliveros sin reparar en su cultura sibarítica.

    9.- Publicar las Hablillas Completas de Alfredo Fermín con la curaduría de Carlos Yusti.

    10.- Desenterrar a José Antonio Páez y Miguel Peña para reconstruir la Cosiata, sólo para darnos cuenta de la nostalgia godarria que aspira la incorporación de Venezuela como departamento de la República Uribense de Colombia.

    En Valencia, no se sabe a santo de qué, a los 24 días del mes de diciembre de 2007.

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  • Dos Aforismos Comentados sobre Elias Canetti

    1.-Tres exigencias a los escritores: ser esclavos y vasallos de su tiempo, sintetizar en su obra el espíritu de la era que les ha tocado vivir, y, por último, ser los más implacables jueces y críticos de su época, al punto de ser incluso cabezas de turco. Viene bien la rogativa de Canetti a propósito del quincuagésimo cumpleaños de Hermann Broch en 1936. El escritor no debe ser la dócil mandíbula del chacal Anubis, movida tras los bastidores por el sacerdocio del momento, pretendiente de la notoriedad y la fama efímeras, del aplauso de las galerías. Mucho menos optará al mero eco que se postra complaciente ante la verticalidad de concepciones insepultas, anacrónicas y degradantes respecto al devenir humano. Tanto el culto de lo inmediato –despojado de su interacción con una lectura pertinente de la historia-, como la nostalgia de “tiempos mejores†–reñida con el contexto que nos toca ahora-, sólo conducen a callejones sin salida, coinciden en el estreñimiento del pensamiento. La actitud de responsabilidad histórica va aparejada a su herramienta esencial, el lenguaje, corazón delator de la propia personalidad del autor.
    Cuarenta años más tarde, enero de 1976, el escritor búlgaro agrega: “Lo primero y más importante (lo que un escritor debe poseer hoy en día para tener derecho a serlo), es su condición de custodio de las metamorfosis, custodio en un doble sentido. Por un lado habrá de familiarizarse con la herencia literaria de la humanidad, que abunda en metamorfosis (...) Podría emplearse una vida entera en interpretarlas y comprenderlas, y no sería una vida mal empleadaâ€. Y por otra parte, “su auténtica conservación, su resurrección en nuestras vidas, es tarea de escritoresâ€. No en balde Canetti consagró más de treinta años en la confección de Masa y Poder, su obra maestra de exégesis humanista; terco ensayo a la par de la obsesión por el tema demostrada antes por autores dispares como Nicolás Maquiavelo, William Shakespeare y Sigmund Freud. Entonces, la tradición literaria de la humanidad deja de ser la pesadísima biblioteca que carga sobre sí la mentalidad académica y anquilosada del intelectual, el cual cree tener respuesta (consolatoria, la mayoría de las veces) a todo en toda coyuntura. Los autores clásicos son nuestros contemporáneos y ellos han hecho una crítica bastante profunda del poder. La óptica tiene que ser cínica y a la vez compasiva. Uno tiene que estar envuelto en ese discurso del poder para lograr visualizar sus hilos. Porque el poder se presenta manipulando muchos códigos que son aparentemente invisibles. Canetti sugiere que debemos pasar del saber como fetiche a “la voluntad de responsabilizarse por todo cuanto admita una formulación verbal y de expiar incluso sus fallosâ€. Dicho tránsito comprendería la desestigmatización del oficio del escritor ante la sociedad. Es la literatura como profecía.
    El intelectual es un ocioso por vocación. El acto de observar detenidamente al mundo, sacudiendo la rutina social, luce de una incomodidad e impertinencia intolerables. Convidado de piedra en un entorno disfuncional, patético y –por supuesto- paradójicamente gratificante, su obstinada actitud de decir no (a la monocorde andanza del rebaño) le granjea la antipatía de buena parte de su prójimo. Quién los necesita. Se les ha dado significativos espacios en las universidades, academias y medios de comunicación para que se masturben detrás de las celosías o persianas americanas. Se trata entonces de contravenir el artificio abstruso y escurridizo que es el discurso del poder: La labor del escritor es hacerlo obscenamente visible. Hacernos ver que, sin embargo, el Rey continúa desnudo.
    2.- Los buenos viajeros son despiadados. “Las voces de Marrakesh†es un libro exquisito que excede el género de los cronistas de viajes: Su impecable escritura nos conecta con los espasmos viscerales del cuerpo abordado y apresado por la implacable contundencia del entorno, más allá del Marruecos exótico recreado en el cine hollywoodense. La confluencia caótica de diversos registros de habla es una preocupación de primer orden en la obra de Elias Canetti. No es necesario comprender la lengua de los aullidos y cánticos monótonos de los ciegos, para reparar en la paradójica condición del lenguaje, tanto en el esplendor expresivo como en su precariedad para asir el mundo: “Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta que aún no he dicho nada (...) Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellasâ€. Lo agreste y áspero de la voz procura alcanzar a Dios, lo indecible, lo eviterno: “Son arabescos acústicos en torno a Dios, pero mucho más expresivos que ópticosâ€. Al punto que los minaretes son torres tomadas por una voz que clama solitaria su letanía. Sin duda que es una interpretación terrorista del mito metalingüístico de la Torre de Babel. Sin embargo, la legión de voces se enseñorea de la empresa que es la poética del mundo.

  • DOS ENSAYOS SOBRE LA REVISTA POESÃA DE VALENCIA, VENEZUELA

    Reynaldo Pérez SóFriday, April 13, 2007
    POESÃA: APROXIMACIÓN AL AMPARO DE LA ESTRIDENCIA.
    José Carlos De Nóbrega.

    POESIA: APROXIMACION AL AMPARO DE LA ESTRIDENCIA.

    “Sólo una hora más en silencio
    el tiempo para firmar mi nombre en tu cuello
    dejarte una marca, tatuaje enfermo
    antes que todos vuelvan a hablar de dinero.
    Porque cuando se acabe la fiesta
    la tribu estará sedienta
    será el momento del baile
    de los languis†(lánguidos).
    Cerati, Bosio, Ficichia y Sais (Los Languis, quinto surco del Disco Compacto “Doble Vidaâ€, Soda Stereo, 1988, Sony Music).

    “-¿De qué manera se ha servido del mito Carlos?
    -El mito Carlos nos ha sido bastante útil para amedrentar al enemigo y ha servido para recaudar fondos para la revolución, especialmente por la OLP y Fatahâ€.
    Carlos Ilich Ramírez Sánchez en “Feriadoâ€, domingo 11 de octubre de 1998, número 796, página 27.

    En cierta ocasión un alto funcionario universitario decretó la muerte definitiva del libro a manos de la iconografía bullente de los Personal Computers, justificando así su negativa a la edificación de la Biblioteca Central de nuestra Universidad. Aún desconocemos si le hacía una concesión al Imperio de los Nerds –consumación presentida por y resentida de Bill Gates-, o si significaba una desalentadora y naif realización de la predicción de Hegel que es la muerte del arte literario por intoxicación espiritual: “Así la vida interior triunfará sobre el mundo exterior: triunfará de tal modo, que el mismo mundo exterior proclamará la victoria de aquél, con la cual la apariencia exterior se hundirá en ausencia de valorâ€. Unos cuantos años atrás, cuando las computadoras IBM asemejaban escaparates con un gran ojo que giraba bidimensionalmente, el rector Alejandro Zahlout había intentado fallidamente abortar una revista poética que desde 1971 editaba la Universidad de Carabobo. Tal manifestación de la medianía intelectual sumó, paradójicamente, la anuencia de un grupo de escritores interesados en la muerte de tal publicación. Hoy, más de setenta números después, la revista POESÃA goza de una poco común buena salud dada la precariedad de nuestro tiempo: encrucijada de la nostalgia del populismo centra y cepalista y de la sumisión ciega a un proceso insincero de globalización promovido por los centros de poder.
    Si tenemos en consideración que a la fecha (agosto de 2006) cuenta ya con ciento cuarenta y dos números editados en un período de siete lustros, es harto curioso que aquel atentado en su contra –además de ser promovido por una autoridad de la propia institución auspiciante- constituya el punto que parte por algo más de la mitad dicho intervalo. Afortunadamente, el equipo de redacción encabezado por el poeta Reynaldo Pérez Só –sin apelar a ruidosas demostraciones de protesta- logró encauzar para aquel entonces (mediados de los años ochenta) una adecuada campaña en los medios de comunicación escritos que impidió la desaparición de la revista POESÃA. Se conjuraron las malsanas intenciones exógenas y endógenas de una grey pseudopolítica e intelectual con un éxito poco frecuente en el medio cultural y universitario nacional.
    Pese a la cercanía de hechos tales como el fracaso de la guerra de guerrillas incubada en los sesenta en Venezuela, del Mayo Francés del 68 y su prolongación en el movimiento de renovación académica de nuestra Alma Mater, la revista POESÃA revela –no sólo en el momento de su fundación, sino a lo largo de su devenir histórico- la tensión entre la tradición y la renovación de la expresión poética más allá de la estridencia militante y excluyente de los manifiestos y las declaraciones de principios. Por tal razón, no se justifica ni la constitución rígida de grupo poético alguno con el que se pretende aún involucrar a los poetas Reynaldo Pérez Só, Alejandro Oliveros, Teófilo Tortolero y Eugenio Montejo, sus fundadores, ni mucho menos un pliego que soporte tal espejismo. Por lo tanto, la denominación “Grupo de Valencia†es una etiqueta cómoda a los efectos de inventariar inútilmente el fluir poético de la ciudad. Por supuesto, no podemos obviar la creación del grupo denominado “Azar Rey†(1960, integrado por Teófilo Tortolero, José Miguel Villarroel París y Eugenio Montejo) como preludio del encuentro de los poetas que fundarían la revista una década más tarde. A pesar que desde sus inicios cuenta con el auspicio de la Universidad de Carabobo, la revista POESÃA –hoy uno de sus más valiosos activos, valga la categoría contable- sigue persistiendo en su rechazo y combate al concepto de cartapacio académico que ha asolado a gran parte de las publicaciones literarias de nuestras universidades.
    El respeto a esta directriz se ha mantenido de manera inalterable e incondicional a lo largo de las gestiones de los rectores Gustavo Hidalgo (1984-88), Elis Mercado (1988-92), Ricardo Maldonado (1992-96) y (2000-04), Asdrúbal Romero (1996-2000) y María Luisa de Maldonado (2004-08, en curso). “Aunque la ignorancia y la mezquindad, de vez en vez, tocan a la puertaâ€, como lo manifestara Pérez Só al periodista Alfredo Fermín (1), las autoridades universitarias antes citadas han comprendido a cabalidad la importancia de la revista en el concierto poético no sólo nacional, sino continental y mundial incluso. Han dado un sólido espaldarazo institucional a la preservación de la revista POESÃA en tanto patrimonio universitario y producto cultural con calidad de exportación. Traigamos a colación algunos hechos: el rector Elis Mercado obstruyó el paso y el acceso indiscriminado a las apetencias de una agrupación estudiantil –de fines inconfesables- que pretendía tomar sus páginas guiados por un afán propagandístico y proselitista (revival anacrónico del realismo socialista); el rector Asdrúbal Romero y sus sucesivos directores de Cultura, Domingo Alfonso Bacalao y Laura Antillano, han respaldado denodadamente también a POESÃA, al punto de proveer el financiamiento de un proyecto derivado de la publicación misma: EDICIONES POESÃA, sello editorial que expande notablemente el radio de acción de su trabajo y contribución al panorama de la poesía venezolana del último cuarto de siglo (a la fecha ha publicado dieciséis títulos de poetas venezolanos). Más allá de la inmediatez de la lucha política y electoral dentro de la universidad, el rector Ricardo Maldonado y su director de Cultura Octavio Acosta persistieron en el estímulo a POESÃA, entre otras manifestaciones de apoyo destaca la reedición de los primeros nueve números de la revista para beneplácito de sus lectores y amigos.
    El filólogo y escritor Rafael Osuna, respecto al estudio de la revista literaria, advierte: “En primer lugar, hay que hacer el análisis estructural de la revista considerada como artefacto (el subrayado es nuestro): esto es, hay que dejar testimonio de sus fundadores, redactores y colaboradores, de su formato y de sus tipos de letra y espacios, de su tirada y financiación, de la sede de su administración, su precio y su impresorâ€(2), interpretación de los datos mediante. Este trabajo no posee pretensiones cientificistas (de por sí nos espanta la connotación epistemológica de la categoría “análisis estructuralâ€) sino más bien aproximativas y especulativas como corresponde al género ensayístico. Teniendo como antecedente algunas de las más importantes publicaciones venezolanas de este siglo, quizá se pudiese entender nuestra intención ya esbozada desde el inicio mismo. La revista Válvula en su número único de enero de 1928 se consideró a sí misma “la espita de la máquina por donde escapará el gas de las explosiones del arte futuroâ€, es evidente la referencia al movimiento futurista; Mariano Picón Salas, en el primer número de fecha noviembre de 1938, describió a la Revista Nacional de Cultura en tanto azada y pala del positivismo, siendo la tonalidad más conservadora que el caso anterior, “Cuando no podíamos convencer a los vivos, dialogábamos con los muertosâ€; el poeta Pablo Rojas Guardia refiere la identidad polimórfica de Viernes “de una ‘peña’ (...) cordial pero intrascendente, hicimos un ‘grupo’ (...) interventor de la culturaâ€, siendo a la vez rosa de los vientos y mesa para compartir el pan y el vino. Por su parte, Rayado sobre el Techo ratificó en su segundo manifiesto “su militancia con una peripecia donde el artista y el hombre se jueguen su destino hasta el finâ€, es el escándalo materializado en la exposición de huesos y carne cruda a la intemperie del momento. Nos interesa la objetualización de la revista poética por vía del juego del lenguaje, allende su aspecto físico y técnico: indagar, como decía Baudrillard, en el choque de la racionalidad del objeto con la irracionalidad de las necesidades que éste pretende satisfacer. Es la tensión habida entre dos de las definiciones o posiciones en torno a la función de la Poesía: “Una de las funciones de la Poesía había consistido siempre en hacer lo que Wittgenstein considera aquí imposible: ‘incorporar objetos a las palabras’ más que ‘hablar de ellos’ †(3).
    Al disertar sobre la poesía venezolana de los setenta, Alejandro Oliveros se había referido al espíritu majadero –en la acepción del Bolívar moribundo en Santa Marta- y utopista de los años sesenta citando un ejemplo, el “Llamado de Caracas†(1965), “porque creemos profundamente en la Poesía: porque ésta, como el amor, es y hace la unión de los contrarios y contiene y reúne todos los credos, razas o discrepancias, propugnamos la confraternidad mundial de los poetas por encima de todas las diferencias localesâ€. La frase es una cita cuasi textual del Quijote: “porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas igualaâ€. Más adelante, Oliveros diagnostica acertadamente el entorno histórico y poético que rodeó la creación de la revista POESÃA, “En períodos de gran optimismo el poeta tiende a descuidar los aspectos formales del poema, está empeñado en decir cosas, en hacer pública su solidaridad con el porvenir. Por el contrario, cuando la utopía se fractura y el futuro aparece nada despejado, el poeta se concentra en la forma. El asunto ya no es tan importante. No es mucho lo que tiene que comunicar. Sólo su desengaño y su melancolía†(4). La arenga salvaje se deshace en la boca como las bellotas del Quijote, esta vez bastante amargas, “porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabrerosâ€. Escena y escenario que a su vez se nos antojan la fracasada exportación de la revolución cubana por el Che a los campesinos bolivianos en los años sesenta.
    De esta lectura pertinente y madura del momento, de carácter sorprendente pues los poetas fundadores eran mayoritariamente unos “muchachosâ€, POESÃA establecería sus cimientos como una reacción desprovista de la espectacularidad anterior que contraría las tendencias y deformaciones poéticas de los sesenta –salvo notables excepciones de las que destacan Ramón Palomares, Juan Calzadilla, Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada, Hesnor Rivera y Juan Sánchez Peláez-: las connotaciones épicas y grandilocuentes en lo temático y estilístico, el gregarismo poético de las proclamas y los manifiestos como legitimación y asalto del poder, la indigestión de corte surrealista y sobre todo el decir poco en dilatados y yermos espacios. Así, como lo dice Pérez Só, “Sin darnos cuenta se fue introduciendo la posibilidad del poema cortoâ€: del formalismo “naturalistaâ€, ¿se puede decir minimalista?, como lo define Oliveros, que rescatara la capacidad aprehensiva y vinculante del lenguaje poético a contracorriente de las piruetas crípticas de la perdición experimentalista y de la aridez expresiva de la mal llamada poesía comprometida (una notable excepción es el compromiso humano y la limpidez conversacional de la poesía de Ernesto Cardenal). Esta actitud se puede resumir en el canto de Antonio acompañado por el rabel, no por el apocalíptico tañir de las trompetas:

    Porque si has mirado en ello,
    más de una vez habrás visto
    que me he vestido en los lunes
    lo que me honraba el domingo.

    Entonces el compromiso se traduce en una actitud responsable, superando en silencio los desvaríos propios de la orgía académica y de la desilusión ideológica. Elude el festivo optimismo del raciocinio puro y la indigencia de lo que llamó el teólogo Dietrich Bonhoeffer “de todo fanatismo éticoâ€. En el primer número de POESÃA, se había publicado un esclarecedor texto de René Daumal, “Poesía Negra y Poesía Blancaâ€, que nos confirma tal imperativo: “(...) Por eso: ¡Silencio! Máquina. ¡Funciona y calla! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los versos memorizados, a los recuerdos acumulados fortuitamente; silencio a la ambición, al deseo de brillar –pues sólo la luz brilla por sí misma-, silencio a la adulación a sí mismo, a la compasión de sí mismo, silencio al gallo que cree que hace que el sol se levante! Y el silencio aleja las tinieblas, el germen comienza a brillar, iluminando, no iluminado! (5). La revista POESÃA constituye un espacio para el largo trabajo poético, apegada a un estricto criterio de excelencia no acorde con el entorno clientelar de la institución universitaria que la había cobijado. A lo largo de sus numerosas páginas, se aprecia su desconfianza por las modas literarias y el desdén por el gregarismo bohemio traducido en nefastos versos garrapateados en las servilletas de las tabernas. Amparar esta publicación poética en el claustro universitario significó un ejercicio de previsión e inteligencia del poeta Alejandro Oliveros: “en esto, fue inteligente, visionario, pues al dejar la revista POESÃA en la Universidad de Carabobo, nos permitía que fuésemos ahondando en una continuidad sin par, de lo que se espera que sea una revista literaria†(6). Por lo tanto, y a Dios gracias, se excluye de los dos extremos más notorios de la actividad intelectual en nuestro país: la genuflexión cobarde ante el bipartidismo (recordemos que en muchos casos la izquierda gobernó nuestras universidades más como concesión del establishment que proposición renovadora) y la amarga y solitaria marginalidad producto del resentimiento político. POESÃA se ha desenvuelto en medio del dispendio presupuestario y la disolución política de la Venezuela saudita de mediados de los setenta y los ochenta que afectó con reciedumbre a las universidades públicas; es de hacer notar que en su tránsito a la excelencia se había adelantado en dos décadas a la mismísima universidad que hoy intenta adecuarse a las necesidades de nuestro tiempo haciendo énfasis en la responsabilidad.
    Al respecto, el profesor y poeta Douglas Bohórquez Rincón –en un bien ponderado ensayo sobre la revista- manifiesta que ante “El tono de desencanto y de frustración que parece ser el clima de esta década del setenta, POESÃA responde con un optimismo moderado, fundado en la rigurosidad, en el criterio de excelencia creadora, en la constancia y la pasión por la poesía†(7). Más allá del optimismo y la moderación, agregaríamos la asunción de una actitud escéptica y prudente no sólo respecto a los malentendidos y las lecturas desafortunadas que inspiró la evidente crisis del vanguardismo literario y político, sino al curso inmediato de los acontecimientos que sumirían al país en la embriaguez desarrollista del boom petrolero a partir del año 1973. Más adelante, Bohórquez complementa esta percepción con atinada concisión: “(...) Hay en POESÃA un cierto deseo más o menos bien delineado de separarse, de tomar distancia frente a los modelos de la vanguardia literaria europea, francesa particularmente (dadaísmo y surrealismo en especial), tan caros a grupos y revistas de la década del sesenta como Sardio y Rayado sobre el Techo y un intento a la vez de recuperar o retomar ya en una perspectiva crítica a autores, movimientos y formas de la poesía europea, asiática, norteamericana y latinoamericana poco conocidas o un poco olvidadas o marginales†(8). Tal conducta se puede definir como la desacralización del recurrente mito de la Edad de Oro, de las Saturnales celebradas por Virgilio a lo que denominó Octavio Paz “la primera irrupción deliberada de la poesía en el arte cinematográfico†cuando se refirió al film L’ Age d’ or de Luis Buñuel, consagración del espíritu subversivo del Amor Loco. Si bien POESÃA no optó por la utopía marxiana (más bien el dogma por vía de la ortodoxia) ni por la rebelión surrealista, mucho menos se dejaría seducir por el apetitoso banquete al que llamaba el insurgente Capitalismo de Estado como todo buen Paterfamilias. Su trajinar no merecería entonces ni estruendosos aplausos ni adhesiones entusiastas de buena parte de sus contemporáneos, más ocupados en erigir la también mítica República del Este con sus fáciles subsidios y agregadurías culturales asignadas a dedo por la Cancillería.
    NOTAS.
    (1) Foro Dominical con Reynaldo Pérez Só, por Alfredo Fermín, Diario El Carabobeño, domingo 20 de julio de 1997, Valencia, página A-7.
    (2) Rafael Osuna: Sociología de la pequeña revista literaria, en la revista Predios, número 5, abril de 1994, página 7.
    (3) Michel Hamburguer: La Verdad de la Poesía, Fondo de Cultura Económica, 1991, México, páginas 241 y 242.
    (4) Alejandro Oliveros: Un Ejercicio de Ruptura: Poesía Venezolana de los 70, Diario El Carabobeño, domingo 18 de mayo de 1998, Valencia, página A-12.
    (5) René Daumal: Antología Mínima, traducción a cargo de Teresa Sosnowski, Suzanne Gay y Carlos Pacheco, en Poesía, número 100, enero de 1994, página 25.
    (6) Foro Dominical con Reynaldo Pérez Só, por Alfredo Fermín, opus cit, página A-7.
    (7) Douglas Bohórquez: Poesía: Más allá de las irreverencias (Tradición y Renovación), en Poesía, números 116/117, diciembre de 1997, página 77. Este trabajo ya se había publicado en Cahier du Criccal.
    (8) Douglas Bohórquez: opus cit, página 79.

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    INSERCIÓN DE LA REVISTA POESÃA EN EL PANORAMA POÉTICO VENEZOLANO DE LOS ÚLTIMOS TREINTA AÑOS

    I I

    INSERCIÓN DE LA REVISTA “POESÃA†EN EL PANORAMA POÉTICO VENEZOLANO DE LOS ÚLTIMOS TREINTA AÑOS.

    Cuando en 1971 se funda la revista “Poesíaâ€, estaba abriéndose un espacio de transición en el devenir poético venezolano de aquel entonces. Ya era evidente el agotamiento del vanguardismo y el compromiso político-social que habían marcado a la literatura de los sesenta. Era urgente superar los aportes de la Generación del 58, a como diese lugar. Son ilustrativas estas palabras de Ludovico Silva:
    “Lo importante, para esa generación de poetas, es saber que hoy está muerta como generación. Hay una generación de 1968. Hay nuevos poetas y nuevas actitudes, no tan audaces y comprometidas, pero distintas. También hay unos cuantos poetas que se quedaron sin generación. Y otros tantos que la perdieron, y que siguen escribiendo a pesar de los años.
    “Y no te digo adiós, sino hasta luego, como dice el tangoâ€.
    La referencia de Ludovico Silva, más allá de la nostalgia, apunta no sólo a la subversión política y literaria que afrontaría, en primera instancia, la administración de Rómulo Betancourt, manifiesta en la guerra de guerrillas y en la trinchera poética de publicaciones tales como Sardio, Tabla Redonda, Rayado sobre el Techo, En Háa, Sol Cuello Cortado y En letra roja; sino también a poetas tales como Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada, Juan Sánchez Peláez, Juan Calzadilla y Rafael José Muñoz, cuya obra superó en calidad y continuidad el sepelio de dicha generación. Por supuesto, la generación del 68 implica nombrar a poetas como Teófilo Tortolero, Reynaldo Pérez Só, Alejandro Oliveros, Eugenio Montejo y Luis Alberto Crespo, quienes habían levantado tienda aparte, en una actitud esclarecida y un afán renovador de nuestra poesía.
    Reprimida, derrotada o “pacificada†la insurgencia guerrillera en Venezuela, se notaba un dejo de desilusión ideológica y estética en el corpus literario nacional. El espíritu de la comuna se quebrantó al igual que la realización de la utopía revolucionaria, tanto en lo político como en lo artístico. Tal sensación encuadra en este verso de Rafael Cadenas, una de las voces mayores y sobrevivientes de la referida década: “Cuanto he tomado por victoria es sólo humoâ€. Ante este escenario desolador, el grupo de poetas fundadores de “Poesía†asumía, por el contrario, una actitud de desconfianza y prudencia. Reynaldo Pérez Só resume esta posición no exenta de crítico extremismo:
    “Esta década del antirromulismo, el rojismo, el cubanismo fue quizá la más pedante, engreída, de la historia reciente hasta entonces. La fórmula maniquea política asesinaba con un solo grito de salón político-teórico a Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Juan Liscano; dejaron de existir poetas como Rodolfo Moleiro, Ana E. Terán, Enriqueta Arvelo L.. Todo aquello que sonara a no “compromiso†queda desterrado, ahora se pertenecía a la pre-historia, pues la historia se inicia con los intelectuales desvaríos del surrealismo, o las imitaciones del desparpajo beatnick, la poesía “coloquial†cubana, el romanticismo, el neo de Hikmet e incluso no pocos alababan el triste papel colombiano de los nadaístasâ€.
    Dado el relativo vacío en la literatura venezolana al inicio del setenta, el mal llamado Grupo de Valencia decide agruparse fuera de la colmena del trasnocho político y estético de los sesenta. Cabe citar en este instante a Jorge Luis Borges: “La única manera de hacer una revista es que unos jóvenes amen u odien algo con pasión. Lo otro es una antologíaâ€. Si bien el punto de encuentro es la universidad, nuevo bastión de los despojos de la izquierda radical que había sido sepultada en el clientelismo o en el aislacionismo, el ámbito es propicio para desarrollar una empresa poética que implique una vuelta de tuerca que sacudiera en silencio las entumecidas letras venezolanas. La revista “Poesíaâ€, desde su fundación, se mostró en contra del exhibicionismo vanguardista para replegarse o concentrarse en una poesía de densa interioridad, austera y despojada en la forma. Es la vindicación del verso breve, cónsona con tradiciones poéticas ajenas al tono declamatorio y dilatado de la época, tales como la japonesa o de olvidadas voces nacionales como la de Enriqueta Arvelo Larriva. Revisando el índice de los cien primeros números de la revista, no hay ningún poema de Neruda publicado allí. Tan sólo un texto necrófilo, en la última página del número 15, que se nos antoja más un epitafio poético:

    PABLO NERUDA
    (1904 -1973)

    Acudí al fondo de ella, sumergiéndome
    cada tarde en sus aguas, agarrando impalpables
    estímulos, gaviotas de un mar abandonado,
    hasta cerrar sus ojos y naufragar en medio
    de mi propia sustancia.

    Leyendo entre líneas, se deduce, más que el parricidio, la muerte natural del poema-padre que había subyugado al continente. Ello en la atmósfera neofascista del Chile posterior al golpe del once de septiembre de 1973. Por supuesto, la generación del 58, muy a pesar de sus faltas, “opuso un dique†a la nociva influencia del nerudismo de la primera etapa, recargado de grandes imágenes y metáforas totalizadoras, amén de un verbalismo de sesgo taxonómico y bellista en la descripción del paisaje americano. Después del sepelio, poco valían las lágrimas ancladas en el despecho y la nostalgia. Los tiempos ameritaban una posición sobria pero atenta respecto al quehacer poético, más apegado a la subjetividad, al trabajo interior y responsable para con la palabra misma. Precisamente, la fundación de la revista “Poesíaâ€, según Alejandro Oliveros (su primer director), descansaría en desdecir los manifiestos y las piadosas intenciones de redención social, los excesos patentes en el barroquismo y el tenor surrealistoide del discurso poético, y la longa versificación que escondía tras de sí la precariedad del fondo y la entenebrecida percepción del mundo y del oficio poético como tal. Permítase al mismo Oliveros develar la política editorial de la publicación:
    “Me proponía, sin tenerlo muy claro, la difusión de un formalismo que quería llamar “naturalistaâ€, es decir, sin el hermetismo y la abstracción furiosa de los poetas formalistas de la década anterior. Quería promover, a nivel formal, una estética de la poesía breve y esmerada, una palabra concentrada y necesaria. Nunca entendida como balbuceo, refugio para la incapacidad expresiva, santuario de segundones. Debo añadir que para nada fui el único en promover las posibilidades del poema breve. Otros poetas, en otros grupos o aislados, y antes que yo, habían dedicado sus desvelos a una escritura breve y brillante. Teófilo Tortolero y Luis Alberto Crespo son apenas dos de ellosâ€.
    Octavio Paz manifiesta que en el poema corto se sacrifica el cuadro variopinto en la consolidación de la unidad y “llámese jarcha, hai-ku, epigrama, chu-che, o copla, se omiten los antecedentes y la mayoría de las circunstancias que son la causa o el objeto del cantoâ€. La voz poética, entonces, se ampara a la sombra de la miniatura o bonsái. Gaston Bachelard aduce en su favor la contención que lleva a “vivir lo que hay de grande en lo pequeñoâ€. Curiosamente, Jesús de Nazareth reprobaba la ampulosa retórica farisaica para vindicar la poesía breve de las parábolas: el que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho. Adolfo Castañón en su ensayo titulado “Magnitudes del Jíbaroâ€, nos aclara el quid de la cuestión:
    “Las diversas ideas acerca de la brevedad en la literatura nos conducen a ‘una idea de la literatura –para citar a Calvino en su ensayo sobre Borges- como un mundo construido y gobernado por el intelecto’, una idea de la palabra concebida como acto. Pero si el único acto que está verdaderamente al alcance del hombre es el suicidio como lo sabían Novalis y entre nosotros, Jorge Cuesta y José Antonio Ramos Sucre, una literatura deseosa de definirse en cuanto acto sólo puede definirse en relación con su propio suicidio, el silencio. Esto explicaría la importancia de las alusiones, omisiones, enunciados implícitos y sobre todo de los blancos en los géneros breves. Los espacios en blanco transforman el espacio en escritura, prefiguran el vacío e invitan al lector a una comunicación que pasa y pausa por la higiene del silencioâ€.
    El silencio tomaría por asalto al texto poético, sin ningún tipo de concesiones al tremendismo de la forma y al esquematismo ramplón del pasquín ideológico. Valga esta cita de Guillermo Sucre, tomado de su magnífico libro La Máscara, la Transparencia:
    “El silencio, por una parte, sería el regreso a las fuentes mismas de la palabra. Ese regreso es un punto de partida; lo original, en efecto, es el silencio. Escribimos con palabras, pero lo hacemos desde el silencio. Aún Rimbaud proponía que había que escribir silencios (y fijar vértigos, añadía) y me parece que lo hacía como una disciplina para llegar a ese verbo poético “accesible a todos los sentidosâ€, que él mismo buscabaâ€.
    Esta virtud es fácilmente observable en la poesía de Reynaldo Pérez Só. Él mismo denominaba a su despacho en el Departamento de Literatura con el mote de bunker. Se sobrentiende una postura de contemplación interior volcada en la alba superficie del papel y en la brevedad del verso. Desde su primer poemario, Para morirnos de otro sueño (1972), hasta el más reciente, Solonbra(1998), persiste en la desnudez estilística y lo fragmentario e inmediato de la expresión poética en la recreación del discurso de voces disímiles que habitan su interior. Sucre lo ratifica:
    “Lo que aparece es sólo el poema, el texto: un objeto verbal muy breve, luminoso pero no destellante, indeterminado pero no impreciso, instantáneo pero también simultáneo. Un objeto sin sombra ni relieve al que, sin embargo, podemos contemplar en diversos planos, aun en su extatismoâ€.
    En Tanmatra (1972) leemos su preocupación por la palabra como generadora y recreadora del mundo: “me ahogo en mí / no por malo ni por pequeño / simplemente me ahogo†en las trampas y emboscadas que la lengua nos tiende al rayar el alba. Más de cinco lustros después, en Solonbra, la misma voz poética invoca: “Tú que eres grande / concédeme valor para cortarme la / lengua / intención descaminada / bájame la cabeza / despreciableâ€, dramático sondeo en la dispersión y el despropósito que en más de una ocasión balbucea el alma. La angustia compulsiva de Sá-Carneiro esboza su extravío: “Perdi-me dentro de mim / Porque eu era labirintoâ€. Pérez Só aborda el laberinto de adentro sin remedar inútilmente ojos rasgados por navajas, mucho menos encajona las imágenes en medio del silbido de balas al amanecer. La manipulación de recursos tales como el encabalgamiento y la anáfora fragmentan el discurso rescatando el concierto abstruso que nos embarga día a día, y que –paradójicamente- constituye la vía posible de expiación: “he de soñar vigilando cada paso / mientras afuera no existo / y el ser lo tengo lejosâ€.
    Ya antes, Teófilo Tortolero con la publicación del poemario Demencia Precoz (1968), curiosamente el mismo año del Mayo Francés, dejó una huella significativa en el nuevo curso del acontecer poético en el país. Muy a pesar de no ser tomado en cuenta por la crítica establecida, Pérez Só lo restituye en su justo sitial: “No obstante, Tortolero, desde 1966 propone una poética encontrada a la dirección y perfiles de aquellos años, y sin sospecharlo, delineaba a distancia los intentos que los poetas jóvenes de los 70 procurabanâ€. Efectivamente, siguiendo a Javier Lasarte, el lapso comprendido entre 1967 y 1974 representa un importante momento de transición de la poesía venezolana reciente, en el cual se dieron a la luz textos fundamentales como los antes citados de Pérez Só y Tortolero, además de dos títulos de Eugenio Montejo, Elegos(1967) y Muerte y Memoria (1972). En el caso de Montejo, es harto destacable la riqueza y el esplendor que se desprenden de sus primeras composiciones poéticas, las cuales poseen una tendencia a lo cíclico, al retornar sobre sus primeros pasos (“Mi vivir es araña / en la tela del poemaâ€, lo cual trasluce una profunda conciencia del vínculo de la expresión poética con la vida misma). La voz poética hila, enhebra la trama paradójica de la vida y la muerte, en la lúdica prestidigitación de la palabra. Alejandro Oliveros publica en 1974 el poemario Espacios, iniciando una obra interesante que también comprende volúmenes de ensayo, amén de su fructífera labor como traductor. Recordamos especialmente su traducción del poema “Fuga de la Muerte†de Paul Celan, además de dos libros de ensayo que no han pasado inadvertidos en nuestras lecturas: La Mirada del Desengaño (Ensayos sobre la poesía del Barroco) y Poetas de la Tierra Baldía, títulos que lo confirman como uno de los ensayistas más atentos del país. Su obra oscila entre la lectura bien asertiva de la tradición clásica y la revisión exhaustiva de la poesía contemporánea. Él mismo da su testimonio:
    “Mi protagonismo en el curso de la poesía de los setenta se limitó a dos apariciones. Como editor de una revista que se proponía nuevas lecturas y nuevas escrituras. Y como autor de una pequeña colección de poemas, Espacios, publicada en 1974. En ambos casos propuse la necesidad de una lírica antirromántica, de una responsabilidad de la forma, en un momento donde cualquier atisbo de clasicismo era lo verdaderamente revolucionarioâ€.
    En resumidas cuentas, la restitución del poema breve y la estética del silencio, conducentes a la contención verbal que revela interesantes aristas en la aprehensión de la cotidianidad, va a hacerse sentir en la poesía de los años ochenta. Lázaro Ãlvarez nos explicita el puente que va de los setenta a los ochenta en el desarrollo de la poesía venezolana actual:
    “El agotado extrañamiento de búsquedas ontológicas que proliferó en la primera, hizo necesaria la configuración poética de una realidad más palpable en la segunda que, también, en sus extremos, terminó a veces rozando el puro circunstancialismo de muy poca intensidad poéticaâ€.
    Sin embargo, de la década del ochenta destacan voces poéticas que fueron, en muchos de los casos, influidas por los fundadores de la revista “Poesíaâ€: Gelindo Casasola, Santos López, Harry Almela, Jacqueline Goldberg, Sonia González, Igor Barreto, Freddy Hernández Ãlvarez, Carlos Ochoa, Adhely Rivero, Luis Alberto Angulo y Carlos Osorio (los tres últimos, como se sabe, se encuentran hoy al frente de la publicación). Todos ellos dados a conocer por “Poesía†en diversas oportunidades. Cerremos el intervalo con un grupo de poetas llaneros vinculados a la revista POESÃA: Adhely Rivero, Luis Alberto Angulo y Enrique Mujica. Este trío hace vida activa y comprometida en nuestra universidad, a favor de la promoción de la poesía dentro y fuera de su recinto.
    Adhely Rivero (1956) es en la actualidad jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, y Director de la revista POESÃA. Nacido en Arismendi, estado Barinas, tiene treinta años radicado en Valencia. Ha publicado los poemarios 15 poemas (1984), En Sol de Sed (1990), Los Poemas de Arismendi (1996), Tierras de Gadín (1999), Los poemas del viejo (2002) y Medio Siglo, La Vida Entera (2005). Los Poemas de Arismendi y Tierras de Gadín fueron acreedores de los premios de poesía de la Universidad Rómulo Gallegos y XL Aniversario de la Reapertura de la Universidad de Carabobo respectivamente. Haciendo eco de sus propias palabras, Adhely ha ido escribiendo un solo libro, el cual se nos antoja una crónica minimalista del Arismendi de su infancia, ámbito refundado a través de la yuxtaposición de los recuerdos y las ensoñaciones, privando el agua del río y los lamederos, en un juego especular que pone de relieve un gran dominio en la configuración de las imágenes y las atmósferas, ello por vía de la austeridad del lenguaje, sin estridencia ni encandilamiento que perviertan la recreación interior del paisaje.
    Luis Alberto Angulo (1950) es también oriundo del estado Barinas, sólo que nació en Barinitas. Trabaja en la Oficina del Cronista de la Universidad de Carabobo. Tiene publicados los poemarios Antología de la Casa Sola (1981), Una niebla que no borra (1986), Antípodas (1994) y Fusión Poética (2000); este último además de compendiar los tres anteriores suma De Norte a Sur, libro por el cual obtuvo la más reciente edición del premio de la Universidad Rómulo Gallegos. El libro La Sombra de una Mano (2005) reúne toda su producción poética a la fecha, incluyendo el poemario Fractal, acreedor del Premio Bienal de Poesía Lazo Martí. Se puede afirmar, a efectos taxonómicos, que es el poeta “citadino†o “urbano†del grupo, lo cual no resta nada a su condición de buen llanero (recuérdese que publicó junto a su padre Viento Barinés, 1978, que recoge el contrapunteo entre el Arpista y el Gavilán en el pueblo de El Real). La obra poética de Luis Alberto Angulo gusta mucho del claroscuro, del desbordar fronteras, de la fusión de experiencias y lecturas diversas, pero no por ello carentes de validez y autenticidad. Al modo de las buenas piezas del jazz fusion (Chick Corea o Miles Davis, por ejemplo) o el World Music (Al Di Meola, por ejemplo), en las que elementos variopintos se ensamblan en un todo y no de manera diferenciada. Hay, por supuesto, una preocupación por el mundo cotidiano que excede la abulia, la monotonía y la mezquindad.
    Enrique Mujica (1945) nació en San Juan de los Morros. Este guariqueño es profesor titular de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Carabobo. Fue vicerrector académico de la Universidad Rómulo Gallegos. Su obra poética ha recibido recompensas tales como el III Concurso Literario de la Facultad de Ciencias de la Educación de la U.C. (1972), el premio José Rafael Pocaterra por Las Formas del Verano(1978) y el de la Bienal Mariano Picón Salas (1998). El libro antes referido se publicó en 1980 (Ediciones del Rectorado, U.C.), al que se suman los poemarios Cada vez más ausente (1975), Ejercicios para el olvido (1979), Intentos (1979), En un simple movimiento de lo infinito (1981), Tintas Quemadas (2001) y Obra Poética 1970-2000 (2001). Otros títulos son Fondo y Espuma (1980) y Acento de Cabalgadura(1989, novela). El volumen que comprende su “Obra Poética†de treinta años, coincidió por fortuna con el trigésimo aniversario de la revista POESÃA, en la cual ha participado activamente. El libro nos permite una fructuosa relectura de sus poemarios, enclavados en lo paradojal del acto poético: descifrar el mundo para hacerlo más complejo y asombroso. La voz poética desdice desde el inicio la unidimensionalidad y chatura del mero formato escrito; por ejemplo, constatamos en títulos como Las Formas del Verano y Vaquería una hermeneútica del paisaje sin un ápice de ruido y barroca pirotecnia.
    De manera que la revista se ha provisto de generaciones de relevo en su conducción, pese a la peculiaridad de cada quien. El hecho de que “Poesía†explorase tradiciones poéticas desconocidas en el país, contribuyó decisivamente en la formación de generaciones poéticas posteriores. Sus fundadores tuvieron a bien deslastrar el influjo de la lírica francesa en la poesía venezolana de los sesenta y setenta, ofreciendo como alternativas la poesía norteamericana -que en cierto modo influyó a grupos como “Tráfico†y “Guaireâ€; pocos años antes se creó en Valencia el grupo Talión influido también por los poetas norteamericanos, entre sus integrantes destacan Luis Alberto Angulo, Adhely Rivero y Carlos Ochoa-, además de la portuguesa y brasileña, la sefardita, la japonesa y la china. Lo cual redundó en ampliar significativamente la visión poética de los nuevos creadores. Es menester un agradecimiento en el silencio y el solaz de la lectura de sus miles de páginas.

    A MODO DE COLOFÓN ABIERTO.

    Las revistas literarias aguardan por los estudiosos y ensayistas de la literatura, pues el hecho de ser poco exploradas supone su mayor atractivo. Sus páginas son registros interesantísimos y subyugantes de la historia de la literatura de los países y los continentes. Más que ejercicio crítico, seduce el hecho de imaginar o evocar el bullir de las salas de redacción y las conversaciones en los cafés y los bares. Si bien la categoría de generación literaria es relativa, no puede ser comprensible en el absoluto de las coincidencias de sus miembros tan sólo. Los desencuentros y las desavenencias complementan significativamente el panorama de un determinado momento en el devenir de la literatura nacional y mundial. Lamentablemente, la asepsia de la crítica profesoral ha evitado, por pereza, revisar los anaqueles grises y polvorientos de las hemerotecas. Es un imperativo reivindicar los esfuerzos de escritores como Santiago Key Ayala (1874 – 1959), quien tuvo a bien componer biografías de revistas venezolanas desaparecidas tales como El Seminario de Caracas, la curiosísima El Canastillo de Costura, El Zulia Ilustrado o América Ilustrada y Pintoresca, publicaciones periódicas del siglo XIX. La hemerografía puede deparar grandes sorpresas en el estudio de la obra de un determinado autor, al punto de descubrir textos desconocidos de un inapreciable valor artístico. El Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, encabezado por el poeta Adhely Rivero, ha puesto a la orden del público universitario y general la Sala de Lectura de Revistas, la cual cuenta con un amplio stock de publicaciones periódicas en idiomas tales como el español, portugués, francés e inglés. Es un espacio inédito en Valencia que contribuye a consolidar la cultura hemerográfica en el país.
    La revista “Poesíaâ€, a partir de su fundación en 1971, representa un momento estelar de nuestro discurso poético. Permite dar una visión de conjunto de la poesía venezolana, latinoamericana y mundial de las últimas décadas. Surgió en la necesidad de renovar y refrescar el quehacer poético venezolano a partir de los setenta. Ha formado a las nuevas generaciones de lectores y creadores de poesía en la ausencia del ruido, la estridencia y las gesticulaciones consolatorias y autocomplacientes. Este estilo ha persistido en tanto claridad del pensamiento y el trabajo poéticos de sus fundadores y redactores. Por supuesto, en la devoción y consecuencia de sus lectores –entre los cuales nos contamos- descansa también su larga trayectoria.
    La revista POESÃA ha contribuido sin duda a la configuración de la poesía venezolana de los últimos siete lustros. No sólo el conjunto de poetas fundadores y redactores, entre los que destacan Reynaldo Pérez Só, Alejandro Oliveros, Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo, Adhely Rivero, Carlos Osorio, Luis Alberto Angulo, Enrique Mujica y más recientemente Sergio Quitral, cuenta con una obra individual de estimable calidad, sino también el trajinar de la revista en el medio local, continental y mundial, ha servido de útil apoyatura a la cultura poética en Venezuela y América Latina. Todo aquel biógrafo o “hemero-bibliógrafoâ€, en la tradición y pasión de Key Ayala (Pedro Téllez dixit), encontrará a lo largo de sus ciento cuarenta y dos números indicios y pruebas suficientes de su excelencia y trascendencia en el universo de las publicaciones literarias latinoamericanas. Y, lo que es mejor, experimentará la satisfacción del apetito estético, complacidos todos los sentidos. La poesía, en definitiva, tiende puentes imperecederos entre los autores y lectores en un guiño cómplice y solidario.

    José Carlos De Nóbrega.

    Valencia, agosto de 2006.

    REFERENCIAS BIBLIOGRÃFICAS.

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  • BRASIL 0 – VENEZUELA 0, UN PUENTE POÉTICO EN CONSTRUCCIÓN. José Carlos De Nóbrega

    BRASIL 0 – VENEZUELA 0, UN PUENTE POÉTICO EN CONSTRUCCIÓN.

    A Aly Pérez, in memoriam.
    A Fernando Rodríguez, estragada mi rabia a tragos.

    Muy a pesar de mi ascendencia portuguesa –madeirense por demás, lo cual me salva del denuesto alfacinha que se le endilga a los lisboetas-, en el seno familiar casi no tuve contacto con la literatura de Portugal, mucho menos con la de Brasil. Apenas había llegado a mis manos una antología poética de Luis de Camoes, en su lengua original, conmemorativa del día nacional de Portugal. En mi adolescencia importaba más el desempeño –fallido hasta Estados Unidos 94- de la selección de fútbol brasileña en pos del tetracampeonato: para 1982, contaba con el mejor medio campo del mundo, Sócrates, Toninho Cerezo y Falcao apoyando al ponzoñoso Zico; sólo que Italia y Paolo Rossi arruinarían con tres goles la ensoñación de la hinchada verdiamarilla, a la que por entonces me había adscrito. En esa misma década, nos embriagábamos con la música heredera del Bossa Nova, de Antonio Carlos Jobim y del MPB: Chico Buarque, María Betania, Gal Costa, Milton Nascimento y Djavan. Qué decir de las depuradas telenovelas brasileñas que pueden comprender el intervalo que va de Vale Todo a la muy sensual Xica Da Silva (no podemos obviar la versión fílmica que la antecede, de Carlos Diegues).
    Sin embargo, gracias al contacto con el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo y su revista Poesía, teniendo a la vanguardia al poeta Reynaldo Pérez Só, pudimos acceder a la producción poética de habla portuguesa, sobre todo la brasileña. Entre los años 1992 y 1993, un grupo de estudiantes universitarios, entre los que nos contábamos Pedro Téllez, Slavko Zupcic, Argenis Salazar y este cronista, formamos parte del Taller de Traducción de Poesía en portugués, cuyo ductor fue el mismo Pérez Só. Por fortuna, se publicaron traducciones mías en la revista La Tuna de Oro, otra de las publicaciones emblemáticas del Departamento: siete textos poéticos de Ledo Ivo, procedentes de su poemario Crepúsculo Civil (1990), en el número 19 de Febrero-Marzo de 1994; Poemas da Negra (1929) de Mário de Andrade, en el número 21 de Enero-Febrero de 1995; y tres poemas de Carlos Néjar en el número 23 de Enero-Febrero de 1996. En este caso, el enemigo a vencer era la traducción literal: se trataba más bien de la conjunción o abordaje simultáneo de la idea patente en imágenes, el tono, el estado anímico y la musicalidad del texto poético. De lo contrario, se fracasaría en un pobrísimo ejercicio de traslación operativa a la manera de los manuales de instrucciones –o peor aún, de los textos marxistas traducidos por la Editorial Progreso de Moscú-. Ya lo advierte Pérez Só sin amagues de ningún tipo: “3) Traducir, traducir. Lo hacemos con un autor extranjero, por supuesto. Pero no es una versión, es mi versión, es mi poema. (...) No dejando que la traducción sea linealâ€. Otro tanto nos lo justifica Rodolfo Alonso: “Traducir poesía, cosa que por aquellos tiempos hacía asiduamente, al mismo tiempo con ansiosa inquietud y con placentero abandono, fue no sólo la mejor educación (¿iniciación?) literaria posible sino realmente algo esencial para mi vida toda. No sería quien soy sin haberlo intentadoâ€.Veamos un ejemplo, con el cual me hallo compenetrado, O Trapiche de Ledo Ivo:
    El Trapiche.
    Quieres que guarde para ti el rocío.

    ¿Mas cómo puedo guardar lo que se disuelve
    al sol, como el viento, el amor y la muerte?
    ¿Cómo guardar los sueños que soñamos
    al paso que caminamos despiertos
    en lo oscuro y sin nadie a nuestro lado?
    ¿Y los susurros de labios encantados
    en el otro lado del muro? ¿Y la hierba que se esparce
    en la pista del aeropuerto? ¿Y la mancha que aparece
    en la cáscara del mango maduro?
    ¿Cómo guardar la brisa sibilante
    en el combés del navío? ¿Y el vuelo del pájaro?
    ¿Y la barca abandonada que atraviesa el río
    y para bajo la cubierta?
    ¿Cómo y por qué guardar un arreo herrumbroso
    y la ceniza de la hoguera
    y la lluvia que llovía y el viento que venteaba?
    La nada guardaremos, nosotros que somos
    el depósito de todo, el baúl y el trapiche.
    El rocío, que es eterno, se evapora
    llegada su hora. Y nuestros sueños
    nos guardan fielmente en sus sepulcros.

    El poema se refiere a un trapiche, palabra válida en Brasil y Venezuela, esto es el lugar donde se almacena la caña de azúcar y se elabora el aguardiente de caña, su veneno en la acepción baudelaireana. Si se apelara al título El Almacén, destruiría el ámbito y el espíritu rural del texto, extensivos en la consideración metafísica y existencial allí inmanentes. La búsqueda de la unicidad del ser en la dispersión. Si se quiere, manifiesta el ars poética de Ledo Ivo: “Mi ambición, en la mañana de los primeros versos tuertos y de la prosa balbuceante, era crear un recipiente formal que me contuviese por entero, en una melodía durable†(Confesiones de un Poeta , 2004, Academia Brasileña de las Letras-Topbooks, p. 13). El trapiche es la metáfora maravillosa y lograda de la cual se vale Ivo en la configuración del corpus del poema. Sencilla e impune, inmediata a nuestra paradójica condición, la de ser víctimas propiciatorias de los equívocos fundados en la poco probable conciliación habida entre el deseo y la realidad que nos ampara importunamente, como si fuésemos intrusos; despojada de la retórica hueca y abusiva en la aprehensión del paisaje y los objetos en los que nos reconocemos día tras día.
    Hoy, traduciendo una interesantísima conversación de poetas brasileños -que nos envió a la redacción de Poesía el también amigo y poeta Floriano Martins-, constatamos la brecha que nos separa de la poesía del gigante amazónico. De lado y lado. Muy a pesar de nuestra vecindad geográfica, es menester aproximarnos en las virtudes y las falencias. Uno de los obstáculos lo representa la condición idiomática de cada cual, pese a que ambas lenguas son romances. Hay muy escaso interés en aprender el idioma del otro, aunque las excepciones al respecto constituyan una valiosa contribución en la construcción de un puente cada vez más necesario, en el combate a un proceso de globalización de una gula sin par, por cierto, una barrera bien notable. La poeta Astrid Cabral no deja pasar la limitante cultural: “Pienso que lo que ha ocasionado “un cierto vacío†en las relaciones entre Brasil e Hispanoamérica, ha sido la influencia masiva y hegemónica de Norteamérica, adueñándose de todo y cualquier espacio, asimismo los recónditos lugares personales. Estados Unidos extendió el monopolio económico a las demás áreas. Comemos, vestimos, leemos y vivimos norteamericanamente -the american way of life, N.T.- (¡todavía bajo protestas! ¿Quién está virgen de unos pantalones Lee, o nunca mató el hambre en McDonalds?)â€. Al parecer, el ALCA no repara en este tipo de detalles; no conviene la integración cultural de la América Latina, pues el todo estriba en el desigual intercambio de mercancías que atenuará el abultadísimo déficit fiscal de los Estados Unidos. Valga como colofón de este párrafo, la pertinencia de la integración latinoamericana per se, sin la mediación de gendarmes y mercaderes “protestantesâ€: “Un pueblo no alcanza el estado de civilización sumándose al proyecto de otro pueblo, sino tomando conciencia de su ser en el mundo, de su identidad y su especificidad cultural†(América como Civilización Emergente, de Adolfo Colombres, 2004, Editorial Sudamericana).
    Por supuesto, tenemos el condicionante editorial de ambos lados de la frontera. No sólo en lo que toca a la edición recíproca como tal, sino en su divulgación continental. La referida conversación sostenida por los poetas brasileros Alberto da Costa e Silva, Carlos Néjar, Astrid Cabral, Claudio Willer, Alvaro Alves de Faría, Alexei Bueno y Flavio Khothe, arrojó un desconocimiento casi generalizado de la poesía venezolana actual. Fuera de nombres como los de Andrés Bello y Vicente Gerbasi, apenas se asoman poetas como Juan Calzadilla, Francisco Pérez Perdomo, Edmundo Aray y María Antonieta Flores. Sin embargo, el poeta Floriano Martins se ha dedicado a la divulgación de la poesía venezolana por medio de su revista virtual Algulha. Recientemente, el poeta Armindo Trevisan prologó una antología poética de Pérez Só, publicada por Monte Ãvila Latinoamericana. Uno de los pocos poetas venezolanos traducidos en portugués y editados en Brasil es Vicente Gerbasi con su libro Olivos de Eternidad. Es de admitir que nuestras editoriales han fallado en la divulgación continental de la literatura venezolana, en especial el caso de los poetas. En Brasil hay un conocimiento más cabal del quehacer poético argentino, chileno y peruano.
    En Venezuela, da la impresión que se conoce algo más de la poesía brasileña del siglo XX. Ya se había dicho que la revista Poesía ha divulgado poéticas no tradicionales, como las de Brasil y Portugal, incluso el trabajo de poetas angoleños que escriben en portugués. En sus páginas tenemos textos poéticos y entrevistas realizadas a poetas tales como Ledo Ivo, Carlos Néjar, Murilo Mendes, Carlos Drummond de Andrade, Joao Cabral de Melo Neto, Floriano Martins, entre otros. Otro tanto ocurre con La Tuna de Oro, cuyo mercado divulgativo descansa en los estudiantes y docentes de la Universidad de Carabobo. Por otra parte, la colección Biblioteca Ayacucho ha editado títulos de poetas, narradores y ensayistas brasileños: Gilberto Freyre, Joaquim María Machado de Assis, Lima Barreto, Euclides da Cunha, Sergio Buarque de Holanda, Jorge Amado, y los poetas Oswald de Andrade y Mário de Andrade. Fundarte publicó dos antologías de poetas brasileños: Ferreira Gullar (La Lucha Corporal y Otros Incendios, 1977, traducción de Santiago Kovadloff) y Joao Cabral de Melo Neto ( Antología Poética, 1979, traducción de Margara Russotto) . Ejemplos que nos permite la fragilidad de nuestra memoria. Sin embargo, el inventario comprende desde el “fecundísimo modernismo brasileño†(Rodolfo Alonso dixit) de voces tales como la de Mario de Andrade, atravesando la poesía concreta de Ferreira Gullar, hasta el cierre del ciclo que representa la obra de poetas significativos como Joao Cabral de Melo Neto, Ledo Ivo y Carlos Néjar.
    Por supuesto, ambas naciones parten de experiencias históricas peculiares. Pedro I proclama en 1822 la Independencia de Brasil, luego del traslado de la corona portuguesa al territorio amazónico, producto a su vez de la invasión napoleónica a la Península Ibérica. Ya no se trataba de un Virreinato, la mudanza y el acarreo trajo consigo la corte portuguesa a América con su cargamento de cultura, intelectuales y poesía. En el caso de Venezuela, la cautividad de Fernando VII a manos del ambicioso corso supuso un perfecto pretexto para la declaración de independencia del 19 de abril de 1810, la cual desembocaría en las mismísimas puertas del antiguo Imperio Inca. Quien iba a esperarlo de una modesta Capitanía General del Imperio Español. Sin embargo, las peculiaridades de cada cual incitan vivamente el acercamiento, más allá de la ausencia de la materia cultural en las cartas de intención y acuerdos recién firmados entre los presidentes Lula y Hugo Chávez Frías.

    Cerremos este inventario binacional con estos versos de Carlos Néjar:

    Cerrado para el balance
    de todas las cobardías
    y los actos heroicos –tan pocos-
    dispongo las aptitudes
    y las líneas de fuego
    sin armisticio.
    Me dispongo en esto
    porque el equilibrio
    es una camisa de fuerza
    en mi cuerpo
    y no tengo dónde poner
    las ropas de la ambición
    a no ser en la maleta vieja
    del ático de la infancia.

    Valencia, febrero de 2005.

    Nota: Las traducciones de los textos en portugués, tanto los de prosa como los poemas, fueron realizadas por el autor del presente trabajo.

  • LA TORTUGA ECUESTRE EN ESTADO EMBRIONARIO.José Carlos De Nóbrega

    LA TORTUGA ECUESTRE EN ESTADO EMBRIONARIO.
    PRECURSORES DE LA VANGUARDIA LITERARIA LATINOAMERICANA.

    “Así como el hombre significa lo no natural de la naturaleza, constituye la bestia profética, la novela es también la irrupción de lo profético entre lo cotidiano, de lo fabuloso y lo distinto de la imaginación del hombreâ€. Héctor A. Murena.

    Muy a pesar de la condición periférica de América Latina respecto a los centros de poder, Europa y los Estados Unidos, persistimos en coincidir con el poeta argentino Rodolfo Alonso en cuanto a la innegable originalidad y personalidad de su movimiento vanguardista, no sólo en la literatura, sino también en las artes plásticas. Agonizando el Modernismo Hispanoamericano con Darío, otro gigante publica en 1922 un poemario a su medida. Se trata de Trilce del peruano César Vallejo, edición llevada a cabo en la ciudad de Trujillo. Ese mismo año, la Semana del Arte Moderno realizada en Sao Paulo reveló la vitalidad del Modernismo Brasileño, del que destaca la voz poética de Carlos Drummond de Andrade. Estos hitos que conmoverían los cimientos de nuestra cultura artística, se anticiparon a la publicación del Primer Manifiesto del Surrealismo de André Breton, fechado en octubre de 1924, pliego que a su vez significaría el momento cúspide y neurálgico de la vanguardia europea. Mejor aún, la fusión de la realidad y la mitología latinoamericana, sobreviviente transcultural del período de conquista y colonización, fue un gran proveedor de la imaginería surrealista francesa. Breton, Artaud y Michaux, entre otros, realizaron viajes a Latinoamérica que alimentarían su obra. Ya lo planteaba Breton en el Manifiesto: “En el dominio de la literatura, sólo lo maravilloso es capaz de fecundar la obraâ€. Aserto que retomarían con singularidad autores latinoamericanos fundamentales como Alejo Carpentier, Miguel Ãngel Asturias y más tarde Gabriel García Márquez, en la configuración de lo Real Maravilloso y el Realismo Mágico. América Latina y Europa vinculadas a un mismo tiempo y ritmo, lo cual desdice una relación de dependencia: la primera no es apéndice de la segunda en el plano artístico. Carpentier (1972), partiendo de su experiencia personal, establece con diafanidad el meollo de las diferencias habidas entre ambas vanguardias:

    “(...) Pero siempre me detuvo a tiempo la sensación de que el clima surrealista –tan trabajosamente hallado en ciudades ultra-civilizadas- existía en América al estado puro. ¿Qué pintor de ‘naturalezas imaginarias’, ha superado la expresión telúricamente delirante de una selva tropical? ¿Qué inventor de formas, de animales, de manchas vivientes y extrañas –un Max Ernst, un Miró- puede haber aventajado el ciego poder de creación de la fauna, raíces, erosiones, corales, parásitas, de nuestro continente? Y en cuanto a la manifestación del subconsciente –‘despojado de todo lastre intelectual’- más me interesa el estado de éxtasis inspirado en que caen los fieles en una ceremonia de santería cubana, en una fiesta ritual de vodú haitiano, que todos los delirios artificiales, propiciadores de la ‘escritura automática’, de la inspiración onírica, que tanto amaban los surrealistas†(p. 31).

    No podemos obviar la obra pictórica de Wilfredo Lam, quien pese a su background europeo en lo intelectual, forjó una percepción y una visión impregnadas de magia, sensualidad y color en torno al salvaje paisaje antillano. Sin duda que la vanguardia latinoamericana, especialmente en la literatura, fundamenta su hacer en el marco de la transculturación y el mestizaje que datan de 1492, del choque y la amalgama de componentes raciales y culturales variopintos en una condición de desventaja: la bastardía respecto a Europa, de la cual han tratado ensayistas de la talla de Héctor Murena y Leopoldo Zea. El alma americana se presenta de manera escindida, esto es dividida en dos componentes de por sí superpuestos al compás de los golpes y las caricias: el dominador y el bastardo. El arrogante paladinismo del conquistador español, por un lado, y su antípoda resentida encarnada en el bastardo habido en la amancebía de españoles e indias. Si bien Zea se refiere a una yuxtaposición racial y cultural, Murena propone una aproximación más pesimista y dramática: América no es el Edén, pues se hizo a partir de su expulsión por parte de Europa, “tierra fecundada por el espírituâ€, lo cual la escarnece y la somete a un estado de confusión, postración y orfandad metafísicas.
    El poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) es uno de los precursores esenciales de la vanguardia literaria latinoamericana. Para José Olivio Jiménez (1971) “Es sin duda, en términos cronológicos, el primer gran poeta contemporáneo de la América Hispana†(p. 128). Sus propuestas poéticas, iniciadas y expuestas en el Ateneo de Buenos Aires (1916), fueron relevantes en el giro radical que daría la concepción y el devenir de nuestra lírica a la par de la vanguardia dada y surrealista europea. El Creacionismo desparramado en uno de sus manifiestos apunta lo siguiente: “Cuando escribo: ‘El pájaro anida en el arco iris’, os presenta un hecho nuevo, algo que jamás habéis visto, que jamás veréis y que sin embargo os gustaría mucho ver†(citado por Tomás Rey, 1972, p. 42). Se trata del rescate de la inmediatez de la metáfora, por más elemental que fuere, en el texto poético que trascienda el desgastado discurso neoclásico y romántico que petrificaba entonces la literatura del continente. La acción mágica y creadora de la metáfora sólo es posible en la libertad del verso, sin sujeciones ideológicas ni ataduras normativas. Por lo que también la manía manierista de los pervertidos imitadores de Darío, no tenía cabida en la distribución visual del texto en el blanco y los silencios de la página. El Ars Poética y la poesía de Huidobro apuestan por la magia que ha recreado las mitologías y el acercamiento del paisaje de América Latina desde tiempos pretéritos. Jiménez (1971) argumenta la egregia estatura del poeta chileno, más allá de las tendencias, las modas y los ramplones juicios académicos:
    “Su teoría poética, el creacionismo, ofrece el cuerpo de doctrinas estéticas más orgánico y coherente entre las llamadas escuelas de vanguardia en lengua española, a las cuales precedió con no estrecho margen, ya que comenzó a formularla en Santiago de Chile y Buenos Aires, hacia 1914. Todo ello antes de su primer viaje a Francia (...) y antes de su estancia en Madrid, en 1918, donde entró en contacto fecundo con los jóvenes que muy pronto integrarían el ultraísmo español†(p. 128).

    En síntesis, la palabra es creadora en libertad, dadas las urgencias de un tiempo exigente de cambios que sacudan un orden de cosas anquilosado y colapsado. Si bien Huidobro manifestó muchas veces establecer distancia con los excesos y artilugios del surrealismo, perdida la esencia del objeto poético a fuerza de exhibicionismo, la libre asociación de imágenes –la crema de su aporte al discurso artístico- plena no sólo su obra poética, sino incluso sus cuentos y novelas de afilado impacto creativo y experimental (con el escultor Arp compuso textos novelísticos dignos de ser considerados). El objeto poético cobra vida en el poema, como bien lo ponderara él mismo en su Arte Poética: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema; / Sólo para nosotros / Viven todas las cosas bajo el Solâ€. Estos versos suponen la contrariedad al discurso declamatorio de la lírica romántica y al afán didáctico, descriptivo y taxonómico del neoclasicismo de corte bellista en la recreación del paisaje americano. Entonces el poema no es mero pretexto para limitar el mundo y las palabras en una arrogante y artificial ejercitación de una retórica ajena a la creación; por el contrario, constituye el espacio óptimo para la creación de “mundos nuevosâ€. El poeta es un Dios pequeño sin el solaz del séptimo día:

    “Abrí los ojos en el siglo
    En que moría el cristianismo
    Retorcido en su cruz agonizante
    Ya va a dar el último suspiro
    ¿Y mañana que pondremos en el sitio vacío?
    Pondremos un alba o un crepúsculo
    ¿Y hay que poner algo acaso?†(Del Canto I de Altazor, en Jiménez, 1971: p. 136).

    La narrativa latinoamericana no escapa de esta atmósfera colindante con la vanguardia. Se considera, a la luz del precario presente –entre el conservadurismo protestante de los Bush y el resurgimiento de la izquierda en Suramérica-, un notable grupo de autores como el antecedente de la nueva narrativa que tomaría una radical distancia de los cánones del realismo y el naturalismo. En sintonía con el espíritu de cambio que enarboló la vanguardia artística y política en Europa a partir de la finalización de la Primera Guerra Mundial, hallamos en América Latina “frecuentes experimentos narrativos de los escritores de vanguardia de los años veinte y treinta†(Teodosio Fernández, 1984: p. 11). La referencia al uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964) y al argentino Roberto Arlt (1900-1942) es innegable e insoslayable. Del primero de ellos, Julio Cortázar (en Felisberto Hernández, 1985) confesaba el apego cómplice a sus cuentos y novelas: “a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes†(p. IX). En el cuento Las Dos Historias, Felisberto Hernández (1985) juega con la fragmentación del yo, apelando al motivo del doble. El personaje protagonista se desdobla en tanto titubeante autor y personaje narrador escindido: “Sin embargo, mi tipo de ahora se ríe de áquel y no se detiene a pensar si áquel tenía o no razón†(p. 208). Lo cual deviene en los equívocos que muchas veces pasan inadvertidos a la hora de enhebrar la ficción. Walter Mignolo (en Alain Sicard, 1977) manifiesta al respecto que “el cuento que estamos leyendo no son dos historias sino los elementos donde se está produciendo la tercera†(p. 177). Se ratifica entonces no sólo el placer lúdico del acto escritural, impulsado por la visceral necesidad de expresarse, sino también su problematización misma que raya incluso en la parodia.
    Del segundo, Héctor Murena (2004), amén de la estatura de cariz metafísico –incluso equiparable a la de Dostowievski-, resalta su aporte invaluable a la literatura latinoamericana: “Tal fue su ingenuo heroísmo: imponer al mundo el sello de su humanidad, reconocer el sentido sobrenatural de la imaginación†(p. 125). Roberto Arlt (1987) en Los Siete Locos (1929), nos da una demostración inequívoca y anticipada de la novela urbana que se escribiría en América Latina. Si bien en ella se respira aún la impronta realista, en lo que toca a la anécdota, su atmósfera y la vinculación del paisaje de la ciudad con sus atribulados personajes son novedosas. Su héroe, Erdosain, acompaña su soledad con una galería abstrusa y confusa de personajes desarraigados: el Astrólogo, El Buscador de Oro, El Rufián Melancólico, la Coja, el Hombre que vio a la Partera. Motes o seudónimos que procuran contrarrestar la alienación en medio de la manada. La constitución del grupo en una extraña Secta anarquista, no impide que estén sumidos y sean víctimas de otra forma gregaria en la ciudad: la de las filas de la desesperanza y el resentimiento. No olvidemos que el fracaso matrimonial de Erdosain es soportable en su onanismo. Nos remitimos nuevamente a Héctor Murena (2004):
    “Pero ¿cómo logrará realizarse un héroe en la ciudad, en la gran ciudad de la mísera existencia cotidiana, en la quieta ciudad, tan extraña a toda batalla, que sólo al deporte concede la posibilidad de pálidos simulacros de victoria? ¿Cómo hará este héroe que para mayor ironía está destinado al espíritu? Será héroe del fracaso, en lugar de serlo del triunfo: será mártir, ya lo sabemos. De todos modos, el héroe y el mártir constituyen las dos caras de una misma aspiración: la de ser más hombre, la de cumplir hasta el extremo el mandato que la vida significa†(p. 124).

    En la década de los cuarenta, es un hecho la consolidación de la renovación vanguardista inmanente a la proliferación y a la inigualable calidad de las obras publicadas por autores ineludibles como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ãngel Asturias, Juan Carlos Onetti y Ernesto Sábato. El intervalo comprende la literatura fantástica borgiana, preñada de un híbrido espíritu transgenérico (no se notan los linderos que “distinguen†el discurso ensayístico del narrativo: para muestra tenemos el cuento El Acercamiento a Almotásin, el cual asume la forma de la reseña bibliográfica; en el caso de La Biblioteca de Babel, nos hallamos con un antecedente de lo que denominó Landow, 1995, con la categoría de hipertexto: red textual de múltiples bifurcaciones y lecturas); el redescubrimiento de América enclavado en lo Real Maravilloso y en la carta de navegación mítica y prehispánica por Carpentier y Asturias respectivamente; y la consideración densa y problematizadora del alma humana patente en las novelas de Onetti y Sábato. En Venezuela, podemos sumar los nombres de Julio Garmendia y Enrique Bernardo Núñez a tal inventario. La obra cuentística del primero prefigura la revisita de la literatura fantástica en el continente, la cual vincula a autores disímiles como los argentinos Jorge Luis Borges y, más tarde, Julio Cortázar. En los relatos de Garmendia se observan signos de contemporaneidad, cuyo estilo manifiesta un ácido sentido del humor bajo una sobrecubierta de almíbar y ternura, en tanto crítica a la sociedad que languidecía todas las tardes en las casas, las pensiones y los hoteles de modesta y descascarada fachada al abrigo del Jefe Supremo. Del segundo escribimos alguna vez: “Con Cubagua (1931) y La Galera de Tiberio (1938), Enrique Bernardo Núñez ofrece dos de las mejores novelas venezolanas, en las que se vale del recurso de la transfiguración ficcional del tiempo histórico pretérito y presente, a los fines de estructurar un discurso híbrido y contingente que arroja más luces en torno a la relación del hombre y su historia que la unidimensional concepción positivista y cartesiana de la historiografía, la cual blande un instrumental esterilizante que nos impide sumergirnos bajo las olas y así vislumbrar sus flujos y reflujos internosâ€. Curiosamente, La Invención de Morel de Bioy Casares (1984) nos habla de una extraña isla, de construcciones laberínticas desiertas, espacio propicio en el que los enamorados “viven vidas incompatibles, transcurren en ámbitos y tiempos rivalesâ€. Él, un fugitivo; ella, una aparición fantasmal de múltiples formas asidas por la máquina de Morel. Cuando él repara el hecho de estar enamorado de un fantasma, se somete a sí mismo al invento asegurando para siempre su vecindad con la amada, de manera que “Escribo esto para dejar testimonio del adverso milagroâ€(p. 14).
    Es menester puntualizar algunas de las causas que determinaron el golpe de timón que asumió la narrativa de vanguardia en América Latina (más que parricidio de una generación por otra, se nos antoja un motín a bordo), en la expresión de su entorno y su coyuntura histórica. Ya se ha abundado en líneas precedentes la influencia de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, a ello hay que añadir la presencia intelectual del exilio español en América Latina, posterior al fracaso de la República en 1936. La lectura atenta de autores europeos y norteamericanos de la época, alentó el hambre y la sed de cambios en la construcción de un nuevo discurso narrativo. El escritor latinoamericano cobra conciencia de sí, más allá de la alambrada que recoge lo geográfico y lo regional. Se vale de una actitud cosmopolita para ratificar su lugar en el mundo, desdecir la periferia en la que lo ha confinado la metrópoli, centro imperial. Las preocupaciones temáticas cobran realce al exceder la anécdota realista y de denuncia: el texto narrativo es el peregrinaje y la caravana en pos del lenguaje. El punto de vista narrativo se multiplica trizando absolutos, poniendo en evidencia la relatividad y la precariedad de su discurso mismo: la verdad no estriba en lo lineal, más bien se enrosca como la serpiente engullendo su propia cola, valga decir la cualidad autorreferencial, si se quiere endogámica, de la obra literaria. Parafraseando a Huidobro, el texto narrativo es la llave que abre múltiples puertas en la enrevesada disposición de los pasadizos.

    Maracay, septiembre 2005.

    REFERENCIAS BIBLIOGRÃFICAS.

    Arlt, Roberto (1987). Los Siete Locos. Los Lanzallamas. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
    Bioy Casares, Adolfo (1984). La Invención de Morel. Madrid: Alianza-Emecé.
    Carpentier, Alejo (1972). La Opinión de Alejo Carpentier. Zona Franca, 11 (1), 31-32.
    Fernández, Teodosio (1984). Historia de la Literatura Latinoamericana. Introducción a la nueva narrativa latinoamericana. Jorge Luis Borges. Bogotá: Oveja Negra.
    Hernández, Felisberto (1985). Novelas y Cuentos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
    Jiménez, José Olivio (1971). Antología de la Poesía Hispanoaméricana Contemporánea 1914-1970. Madrid: Alianza.
    Landow, G. (1995). Hipertexto. La Convergencia de la Teoría Crítica Contemporánea y la Tecnología. Barcelona, España: Paidos.
    Murena, Héctor A. (2004). El Pecado Original de América. Maracaibo: Universidad Católica Cecilio Acosta.
    Rey, Tomás (1972). Apuntes sobre el Para- Surrealismo y el Surrealismo en Chile. Zona Franca, 11 (1), 39-49.
    Sicard, Alain (1977). Felisberto Hernández ante la Crítica Actual. Caracas: Monte Ãvila

  • DE LA TIERRA QUE DETIENE EL TIEMPO EN LA PLANTA DE LOS PIES.

    DE LA TIERRA QUE DETIENE EL TIEMPO EN LA PLANTA DE LOS PIES.
    José Carlos De Nóbrega.

    Vielsi Arias: Transeúnte. Editorial El Perro y la Rana, Caracas, 2005, 52 páginas.

    Este libro, el primero de Vielsi, nos ha hecho un llamado de atención que ronda la simpatía. Quizás nos recuerde la emotiva y simbólica atmósfera de la película Les portes de la nuit (1946) de Marcel Carné: si bien el guión de Jacques Prévert concilia poéticamente tragedia y melodrama, tono del cual no adolece el poemario, se cuela la analogía en el arisco vagabundo que encarna el destino atribulado de los personajes en el París de la postguerra; mientras que el leiv motiv materializado en transeúnte marca el corpus poético sin titubeos, por vía del trajinar en pos de la captura del tiempo bajo las suelas escoriadas de sus zapatos. “Ahora permanece tendido /un enfermo / en la textura de su cama / pedazos de cuerpo / quedarían al pasar / el transeúnteâ€, como si fuese la sombra de la muerte, arrebatando y arrancando las almas de las casas cuyos dinteles no fueron manchados con la sangre de corderos propiciatorios. No se concede un ápice a la invocación de las musas o bacantes apolíneas del buen decir, por el contrario, la marginal figura del pintor callejero (sí, Cristóbal Ruiz, efectivamente) aprehende el tiempo en la ilusoria ensoñación aplastada por trazos gruesos y toscos del óleo contra el lienzo, de la misma manera que el moho desmorona impunemente la consistencia del pan. No en balde “La ciudad se va tiñendo de rojo / tiene un pintor daltónico / con un solo tono / en su paleta de óleo / y un pincel aturdido / por el tiempoâ€, sin duda el mejor poema del libro, eje transversal que hermana el discurso plástico con el poético amén de justificar la coherencia y la unidad del conjunto.

    El daltonismo revela la precariedad del soporte, del discurso plástico y poético en una aproximación fragmentaria a la lánguida belleza de las cosas: en el poema VOY CARGANDO EL TIEMPO, el texto es una derivación del epígrafe de Cristóbal Ruiz; la piedra hueca del tiempo disuelve el yo poético en la sequedad y la aridez de la costa (en una alusión a la luz de Reverón transfigurando el paisaje, de donde Castillete es la enramada bajo cuya sombra dormitan sus muñecas): “Voy cargando el tiempo / desnudo / en sus cicatrices / me vuelvo al viento / como una partícula / más que divorciaâ€. El acto de creación no está reñido con la religión, ni con el milagro: hay un entronque con un poema padre, a modo de Dios tutelar, “El tiempo tiene, mi señor, un morral en su espalda / Donde deposita limosnas para el olvido. / Inmenso monstruo de ingratitud†(William Shakespeare, Troilo y Crésida, III, 3). La Poesía es un diálogo vivo que persiste con denuedo en su disputa contra el tiempo y la muerte, muy a pesar de la sensación de vacío que nos embosca sin misericordia y de vez en vez, viñeta a viñeta: “El vacío me persigue / pero insisto / en ocupar su lugar / esta sed / que ya no me sostiene / permanece colgando a su cuerpo / tu sombra me visita / todas las noches / espero el acero / preparo el espacio / para una nueva grieta / no son ya suficientes / el sangrar de las piedras / el principio de la aguja / bastaría / para dibujar / una nueva cicatrizâ€. La lírica, entonces, manifiesta la saudade de un fado en la desgarradora voz de Doña Amália Rodrigues: ya lo observaba la conmoción de Miguel Esteves Cardoso, dejémonos de palabras. En el silencio, cantaremos. En cuanto ella nos canta. En el silencio, seremos. Más de lo que éramos antes de oírla.

    Valencia, 19 de febrero de 2007.

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